“El tiempo es corto”

Este es un relato traducido de “recuerdos”, obra de la Mano de la Causa Sr ‘Alí Akbar Furután.


El 16 de diciembre de 1953 nos trasladamos a la ciudad australiana de Lismour, poco después de llegar éramos recibidos en al casa de unos apreciados pioneros de aquella localidad. Antes de comenzar la reunión – que se iba a desarrollar esa misma noche y en esa misma casa-, tuve la oportunidad de conocer y trabar amistad con mis anfitriones bahá’is: una familia compuesta de marido y mujer, dos chicas jóvenes, y un pequeñín. El anfitrión, hombre tranquilo y gentil, me pidió que hiciera una oración en persa. Al acabarla, advertí que la segunda hija, de apenas 18 años, estaba llorando, y que sus lágrimas le habían inundado el rostro. Pregunté el motivo, a lo que la madre, con cara apenada y triste, contestó: “Esta chica quiere ir de pionera por su cuenta. Nosotros le aconsejamos que lo deje para después y que sea paciente. En principio porque nosotros mismos hemos venido a esta ciudad como pioneros; en segundo lugar ella es menor de edad y además no ha concluido sus estudios; en último término, por si fuera poco, ni tenemos suficiente capacidad económica para mantenerla, ni nos gustaría hacer uso de los fondos de la causa. Aun así, todos nuestros razonamientos no han ejercido influencia alguna sobre ella, de manera que nos lleva amargando la existencia desde hace tiempo. Constantemente nos repite la frase: “el tiempo es corto, y no hay que perder ni un solo instante”.

Dicho esto, tanto el padre como la madre me pidieron con insistencia que la aconsejara e hiciera desistir de su empeño: era una situación muy penosa.

Terminó la reunión y en una parte empecé a hablar con ella a solas. Me miraba con su cara inocente y sus ojos tristes, e insistía: “el tiempo es corto, y no hay que perder ni un solo instante”. Me decía que el Amado Guardián en su último mensaje había hecho responsables del cumplimiento de la Cruzada de Diez años a TODOS, y sin hacer distinción de ninguna clase entre viejos y jóvenes, grandes y pequeños… Si, supongamos, cuando Mullá Husayn ordenó a sus seguidores montar los caballos y dirigirse hacia la fortaleza, si alguno de éstos no le hubiera obedecido ¿Ahora qué juzgaríamos de él? Después de este diálogo dije a sus padres que la dejaran obrar a su aire, y que la ayudaran para que obtuviera paz en su conciencia.

La reunión había acabado con una gran animación, por lo que la vuelta al hotel se nos hizo bastante tarde.

A las 5 de la madrugada llamaron a la puerta de mi habitación. Me levanté perplejo y abrí: era el padre de la chica, que comenzaba pidiéndome perdón por llamar a aquellas horas y explicando que no había tenido otro remedio pues su hija desde acabada la reunión hasta ese mismo momento no había dejado de importunar a todos mientras seguía llorando. Ahora venían los dos a mí para ver qué les podía recomendar que hicieran. Me vestí, bajé al salón y la encontré toda pálida y acurrucada en una esquina. Tras de mucho explicar e insistir, aceptó mandar la cuestión a Tierra Santa y solicitar la guía del Amado Guardián. Escribió la carta allí mismo y me la dio para que la echara por correo.

Unos días más tarde, cuando acudimos a la escuela de verano de “Yeriyebul” topamos con ella y con toda su amable familia. Se acercó donde mí toda sonriente y feliz para comunicarme la buena nueva de que sus padres, por fin, habían accedido a su deseo de marchar como pionera.

Ya de vuelta en Irán, un día que me encontraba en las oficinas de la Asamblea Espiritual Nacional dedicado a leer las cartas recibidas, al abrir una de ellas y echarle un vistazo por encima, surgió de lo más hondo de mi corazón un profundo “¡Ay!”, y las lágrimas fluyeron de mis ojos.

Me informaban de que aquella joven, una vez instalada como pionera y después de haber guiado a varias personas a la Fe del Único, de repente había caído enferma para al poco tiempo ascender al Reino de Abhá.

Entonces descubrí el misterio de su insistencia y de aquella frase que tanto repetía: “El tiempo es corto, y no hay que perder ni un solo instante”. El misterio de que yo me preguntara por aquel entonces, ¿como una chica, con tan solo 18 primaveras se encuentra tan inquieta y tiene tanta prisa?

Dos sucesos extraordinarios acecidos sobre Mírzá Ja'far

Estos dos textos que se relatan a continuación, han sido extraídos de las fuentes al final indicadas, y ambas estan incluídas en el libro la Revelación de Bahá'u'lláh, Vol. I.

El señor Adib Taherzadeh, dice al respecto, que "éste y otros episodios similares no deben considerarse milagros o pruebas de la autenticidad del Mensaje de Bahá'u'lláh, Quien desaprueba la atribución de milagros a Su persona, pues ello degradaría la posición de la Manifestación de Dios."

Cuenta 'Abdu'l-Bahá sobre Mírzá Ja'far:

"La Prisión era para él un jardín de rosas, y su celda, estrecha, un lugar amplio y fragante. En la época en que estábamos en la prisión cayó peligrosamente enfermo y tuvo que guardar cama. Sufrió muchas complicaciones, hasta que finalmente el médico lo desahució y dio por terminadas sus visitas. Entonces aquel hombre enfermo exhaló su último aliento. Mírzá Áqá Ján corrió hasta Bahá'u'lláh con la noticia de la muerte. El paciente no sólo había dejado de respirar, sino que su cuerpo ya no respondía. Su familia estaba congregada a su alrededor, lamentándose y derramando amargas lágrimas. La Bendita Belleza dijo: "Id; entonad la oración de Yá Sháfí -Oh Tú, el Sanador- y Mírzá Ja'far volverá a la vida. Muy rápidamente se encontrará tan bien como nunca." Llegué hasta su lecho. Su cuerpo estaba frío y todas las señales de la muerte estaban presentes. Lentamente empezó a moverse; en seguida fue capaz de mover brazos y piernas, y antes de que pasara una hora levantó la cabeza, se incorporó y se puso a reír y a contar bromas.

Después de aquello vivió mucho tiempo ocupado, como siempre, en servir a los amigos. Prestar su servicio era para él un motivo de orgullo: él era para todos siervo. Era siempre modesto y humilde, siempre con Dios presente en su mente, y lleno de esperanza y fe en el grado más alto. Finalmente, estando en la Más Grande Prisión, abandonó esta vida terrenal y emprendió vuelo hacia la otra vida."*


Años más tarde Mírzá Ja'far volvió a protagonizar un incidente similar: Hájí Muhammad-Táhir-i-Málmiri estaba presente en aquella ocasión. Lo que sigue es la traducción del pasaje correspondiente de sus memorias:

"Cuando Bahá'u'lláh se alojaba en la Mansión de Mazra'ih. Mírzá Ja'far, uno de los siervos de la casa, tenía la costumbre de dejar una jarra de agua fuera del dormitorio de la Antigua Belleza, situado en la planta superior de la Mansión. Esto lo hacía por si acaso necesitaba agua durante la noche. La Mansión disponía de una gran balconada que la Antigua Belleza solía recorrer de cabo a cabo. Una noche, aproximadamente cuatro horas tras la puesta de sol, Mírzá Ja'far subía como de costumbre la jarra de agua cuando, debido a la apretada oscuridad de esa noche, dio un mal paso y él y la jarra se precipitaron desde el alero hasta el jardín. Como aquel rincón no tenía uso, nadie solía reparar en él.

Por la mañana temprano Mírzá Ja'far solía ordeñar las vacas para luego atender a otras faenas. Esa mañana no había rastro alguno de su persona. Los amigos escudriñaron todos los lados sin dar con su paradero. Finalmente tuvieron que ordeñar las vacas, traer la leche a la casa y llevar a cabo otros deberes de Mírzá Ja'far; Ese mismo día, unas tres horas después de la salida del sol, la Bendita Belleza se dispuso a recorrer la balconada. Acudió derechamente al punto de donce Mírzá Ja'far se había caído. Le llamó por su nombre y Mírzá Ja'far se levantó presto, recogió la jarra vacía y salió del jardín incólume. Siempre que los amigos pedían a Mírzá Ja'far que les relatara lo sucedido, decía: "Nada más caer, jarra en mano, desde la planta superior perdí la conciencia. Sólo cuando la Antigua Belleza pronunció mi nombre recobré el sentido"**


* Pág 165 de A los que fueron fieles

** Pág 38o de la Revelación de Bahá'u'lláh Vol. I



“la primera aflicción en recaer sobre un discípulo del Báb desde que declarase Su misión”

Este pequeño documento relata "la primera aflicción en recaer sobre un discípulo del Báb desde que declarase Su misión". Este acaeció sobre Mullá 'Alíy-i-Bastámí, una de Las Letras del Viviente.

Espero que les guste.


El Báb convocó a Su presencia a Mullá 'Alíy-i-Bastámí, dedicándole palabras de ánimo y amoroso afecto. Le instruyó para que se dirigiera directamente a Najaf y Karbilá; aludió a las severas pruebas y aflicciones que le acaecerían, y le instó a que fuera constante hasta el fin. "Vuestra fe", le dijo, "debe ser inamovible como una roca, debe sortear toda tormenta y sobrevivir a cualquier calamidad. No consintáis que os aflijan u os desvíen de vuestra meta ni las denuncias de los necios ni las calumnias del clero. Habéis sido llamados a participar del festín celestial dispuesto para vos en el Reino inmortal. Sois el primero en abandonar la Casa de Dios y en sufrir por amor a Él. Si fuerais sacrificado en Su sendero, recordad que grande en verdad será vuestra recompensa y apreciable el regalo que os será conferido". Apenas habían sido pronunciadas estas palabras cuando Mullá 'Alí, puesto en pie, emprendió su misión. Hallándose muy cerca de Shíráz, le dio alcance un joven quien, abalanzándose sobre él todo excitado le pidió que le permitiera tener unas palabras. Su nombre era 'Abdu'l-Vahháb. "Os ruego", le encareció a Mullá 'Alí entre sollozos, "que me permitáis que os acompañe en vuestro camino. Las perplejidades oprimen mi corazón; os suplico que guiéis mis pasos por el camino de la Verdad. Ayer noche oí en sueños que el pregonero anunciaba por las calles del mercado de Shíráz la aparición del Imám 'Alí, el Comandante de los Fieles. Llamó a la multitud diciendo: 'Id a buscarle. Ved que está salvando del fuego las concesiones de libertad para distribuirlas entre las gentes. Apresuraos hacia él, pues quienquiera que las reciba de sus manos verá condonada su pena, y quienquiera que no las tenga quedará privado de las bendiciones del Paraíso'. Tan pronto como escuché la voz del pregonero, me alcé y, abandonando mi tienda, crucé la calle del mercado Vakíl hasta el lugar donde mis ojos repararon en vos, que de pie distribuíais aquellas mismas licencias entre las gentes. A cualquiera que se aproximaba para recibirlas de vuestras manos, vos le susurrabais al oído unas pocas palabras que al instante le hacían huir despavorido y exclamar: '¡La desgracia sea sobre mí, pues he sido privado de las bendiciones de 'Alí y su estirpe! ¡Ah, pobre de mí, pues me cuento ahora entre los caídos y proscritos!' Tras despertarme del sueño, inmerso en un océano de pensamientos, acudí a la tienda. Súbitamente os vi pasar, acompañado de un hombre tocado con turbante y que conversaba con vos. Impulsado por un poder que no podía refrenar, raudo me levanté del asiento para daros alcance. Para total aturdimiento mío os hallé de pie, en el mismo sitio que había presenciado en sueños, ocupado en recitar tradiciones y versículos. Me hice a un lado y desde lejos continúe observando sin ser visto, en ningún momento, por vos o por vuestro amigo. Escuché que el hombre con el que platicabais protestaba con vehemencia: '¡Es más fácil que yo sea devorado por las llamas del infierno antes que reconocer la verdad de vuestras palabras, el peso de las cuales ni siquiera las montañas son capaces de sostener!' A este rechazo despectivo devolvisteis la siguiente respuesta: 'Aunque todo el universo repudiase Su verdad, nunca empañaría la pureza inmaculada de Su túnica de grandeza'. Saliendo de allí, os dirigisteis hacia el portal de Kázirán. Continué siguiéndoos hasta dar con vos en este lugar". Mullá 'Alí intentó apaciguar su turbado corazón y persuadirle de que regresara a la tienda para reemprender sus tareas diarias. "Vuestra compañía a mi lado", le instó, "ha de acarrearme problemas. Volved a Shíráz y quedad tranquilo, pues sois contado entre el pueblo de la salvación. Lejos de la justicia de Dios el retirar de un buscador tan ardiente y devoto la copa de Su gracia, o privar a un alma tan sedienta del ondeante océano de Su Revelación". De nada sirvieron las palabras de Mullá 'Alí. Cuanto mayor era su insistencia en que 'Abdu'l-Vahháb regresara, tanto mayores eran sus lamentos y sollozos. Mullá 'Alí al final se vio obligado a doblegarse a sus deseos, resignándose a la voluntad de Dios. Repetidas veces ha podido escuchársele a Hájí 'Abdu'l- Majíd, el padre de 'Abdu'l-Vahháb, el relato de esta historia con los ojos bañados en lágrimas: "¡Cuán hondamente lamento el acto que perpetré! Rogad a Dios que me conceda la remisión de mi pecado. Era yo uno de los favorecidos en la corte de los hijos del Farmán-Farmá, el gobernador de la provincia de Fárs. Era tal mi condición que nadie osaba contradecirme o hacerme daño. Nadie ponía en duda mi autoridad o se aventuraba a interferir en mi libertad. Nada más enterarme de oídas de que mi hijo 'Abdu'l-Vahháb había dejado la tienda para abandonar la ciudad, salí derecho al portal de Kázirán para llegar donde él. Blandiendo un bastón con el que me proponía darle una paliza, pregunté por el camino que había seguido. Se me dijo que un hombre tocado con un turbante acababa de cruzar la calle y que mi hijo había sido visto tras él. Al parecer, se habían puesto de acuerdo para salir juntos de la ciudad, lo cual provocó mi ira e indignación. ¿Cómo podría yo tolerar –pensé para mí– un comportamiento tan impropio por parte de mi hijo, disfrutando yo de un puesto tan privilegiado en la corte de los hijos del Farmán-Farmá? Creía que nada que no fuera un severo castigo podría limpiar los efectos del desgraciado proceder de mi hijo. "Proseguí la búsqueda hasta dar con ellos. Presa de una furia salvaje, infligí sobre Mullá 'Alí heridas inenarrables. Mas a los golpes que descargaba sobre su persona, él, con extraordinaria serenidad, dio esta respuesta: 'Detened vuestra mano, oh 'Abdu'l-Majíd, pues el ojo de Dios os observa. A Él tomo por testigo de que en modo alguno soy responsable de la conducta de vuestro hijo. No importan las torturas a que me sometáis, pues estoy preparado para las más penosas aflicciones en el sendero que he escogido seguir. Vuestras heridas, comparadas con lo que me depara el futuro, no son sino una gota frente al océano. En verdad os digo, sobreviviréis a mi muerte, y llegaréis a reconocer mi inocencia. Grande entonces será vuestro remordimiento y profundo vuestro pesar'. Mofándome de sus observaciones y haciendo oídos sordos a su llamamiento, seguí golpeándole hasta que caí exhausto. Aguantó con heroico silencio el inmerecido castigo que le propiné. Finalmente ordené a mi hijo que me siguiera, y dejé a Mullá 'Alí librado a su suerte". "De vuelta a Shíráz, mi hijo me relató el sueño que había tenido. Gradualmente un sentimiento de profunda pena se apoderó de mí. La inocencia intachable de Mullá 'Alí quedaba patente ante mis ojos, y el recuerdo de la crueldad a que le había sometido continuó perviviendo en mi alma largo tiempo. Todavía duraba la amargura de mi corazón cuando me vi obligado a mudar de residencia de Shíráz a Bagdad. De Bagdad volvía a trasladarme a Kázimayn, en donde 'Abdu'l-Vahháb estableció su negocio. En su joven rostro se fraguaba un extraño misterio. Parecía ocultarme un secreto que había transformado su vida. Y cuando, en 1267 dH

viajó Bahá'u'lláh a Iraq y visitó Kázimayn, 'Abdu'l-Vahháb cayó inmediatamente rendido al conjuro de Su encanto, prometiéndole devoción incondicional. Años después, cuando mi hijo había sufrido ya martirio en Teherán y Bahá'u'lláh estaba exiliado en Bagdad, Él, con infinita amabilidad y misericordia, me despertó del sueño de la negligencia y me enseñó el mensaje del Nuevo Día, limpiando con las aguas del perdón divino la mancha de aquel acto cruel".


Este episodio constituyó la primera aflicción en recaer sobre un discípulo del Báb desde que declarase Su misión.


Este documento ha sido escogido del libro Los Rompedores del Alba, páginas 240 a 244

Uno de los intentos de asesinato hacia Bahá'u'lláh

Shoghi Effendi describe así algunas de las actividades de Mírzá Buzurg Khán [cónsul general persa de Bagdad, que al poco de establecerse allí, se alió con Shaykh ‘Abdu’l-Husayn-i-Tihráni, para erradicar la causa y erradicar a Bahá'u'lláh]:

Por su parte, Mírzá Buzurg Khán se valió de su influencia para caldear los ánimos. A este fin incitó a que los elementos más viles del pueblo descargases sus afrentas contra Él [Bahá’u’lláh], en la esperanza de provocar alguna reacción precipitada de represalia que pudiese dar pie a falsas denuncias con las que procurarse la deseada orden de extradición contra Su común Adversario. El intento fue asimismo en vano, pues Bahá'u'lláh, desoyendo las advertencias y ruegos de Sus amigos, seguía paseándose sin escolta, de día o de noche, por las calles de la ciudad, hecho que bastaba para sumir en un estado de vergüenza y consternación a quienquiera que pretendía acercárseles, daba pábulo a sus intenciones, bromeaba con ellos para acto seguido dejarlos sumidos en la confusión y firmemente resueltos a abandonar cualquier plan que tuvieran en mente. El cónsul general llegó al extremo de contratar la suma de cien tumanes a un rufián, un turco llamado Ridá, a quien le proporcionó una montura y dos pistolas, con órdenes de tender una celada y matar a Bahá'u'lláh al amparo de las plenas promesas de seguridad que le ofrecía. Al saber cierto día que su presunta víctima se hallaba en el baño público, Ridá burló la vigilancia de los bábíes que atendían a Bahá'u'lláh, entró al baño con una pistola escondida bajo su capa y se encaró ante Bahá'u'lláh en el recinto interior sólo para descubrir que le faltaban arrestos para rematar la tarea. El propio Ridá relataba años más tarde cómo en otra ocasión, estando al acecho, pistola en mano, se sintió tan sobrecogido de temor al ver que Bahá'u'lláh se le acercaba que la pistola se le cayó de la mano; visto lo cual, Bahá'u'lláh pidió a Áqáy-i-Kalím, Su acompañante, que le devolviese el arma y le indicase el camino de vuelta a casa.

Extracto obtenido del libro Dios pasa, pág 135, de Shoghi Effendi.

'Abdu'l-Ghaffár de Isfáhán

'Abdu'l-Ghaffár de Isfáhán es uno de los que dejaron su tierra natal para convertirse en vecinos de ‘Abdu’l-Bahá y compañero suyo de prisión .Era un individuo altamente perspicaz que, por asuntos comerciales, había viajado por Asia Menor durante muchos años. Hizo un viaje a 'Iráq, donde Áqá Muhammad-'Alí de Sád (Isfáhán) le condujo bajo el cobijo de la Fe. En seguida se deshizo del vendaje de las ilusiones que había cegado sus ojos anteriormente, y se alzó volando hacia la salvación en el Cielo del amor divino. En su caso, el velo había sido delgado, casi transparente, y por este motivo, en cuanto se le comunicaron las primeras palabras, fue liberado inmediatamente del mundo de las imaginaciones ociosas y se aferró a Aquel que puede verse claramente.

En el trayecto de 'Iráq a la Gran Ciudad, Constantinopla, 'Abdu'l-Ghaffár fue un compañero íntimo y agradable. Sirvió de intérprete a todo el grupo, pues hablaba excelente turco, un idioma en el que ninguno de los amigos era diestro. El viaje llegó pacíficamente a su fin y entonces, en la Gran Ciudad, continuó siendo nuestro compañero y amigo. Lo mismo sucedió en Adrianópolis y también cuando nos acompañó a la ciudad de Haifa como uno de los prisioneros.

Aquí, los opresores tomaron la determinación de enviarle a Chipre. Él estaba aterrorizado y gritaba pidiendo ayuda, pues ansiaba estar con nosotros en la Más Grande Prisión. Cuando le llevaron por la fuerza, desde lo alto del barco se lanzó al mar. Esto no produjo ningún efecto en los brutales funcionarios. Tras sacarlo fuera del agua le retuvieron como prisionero en el barco, sujetándole cruelmente, y llevándoselo por la fuerza a Chipre. Fue encarcelado en Famagusta, pero de una manera u otra consiguió escapar y fue apresuradamente a 'Akká. Aquí, protegiéndose de la maldad de nuestros opresores, se cambió el nombre por el de 'Abdu'lláh. Arropado bajo la amorosa bondad de Bahá'u'lláh, pasó sus días tranquilo y feliz.

Pero al ponerse la Gran Luz del mundo, para brillar para siempre desde el Horizonte Más Luminoso, 'Abdu'l-Ghaffár estaba fuera de sí, presa de la angustia. Ya no tenía hogar. Partió hacia Damasco y allí pasó algún tiempo, encerrado en su tristeza, lamentándose día y noche. Fue debilitándose cada vez más. Enviamos allí a Hájí 'Abbás para que le cuidara y le diera tratamiento y atención, y para que enviara noticias de él todos los días. Pero 'Abdu'l-Ghaffár no hacía más que hablar incesantemente, en todo momento, con su cuidador y decirle cuánto anhelaba seguir su camino hacia el misterioso país del más allá. Al final, lejos de su hogar, exiliado de su Amor, partió hacia el Sagrado Umbral de Bahá'u'lláh.

Era verdaderamente un hombre abnegado y apacible; un hombre de buen carácter, buenos actos y palabras bondadosas. Saludos y alabanza sean sobre él, y la gloria del Todoglorioso. Su tumba, de suave fragancia, está en Damasco.

Cómo conoció la Fe Mírzá 'Abu'l-Fadl

Mírzá Abu’l-Fadl nació en 1844, el mismo año que nuestro querido ‘Abdu’l-Bahá. De seguro un erudito de su altura, hasta los 30 años habría oído hablar sobre la Fe Bahá’i, aunque no le diera especial importancia, hasta que llegó el día en que tuvo que decidir por sí mismo si aceptar la fe o rechazarla. Mientras él daba un seminario en la casa de la madre del Sháh, uno de los alumnos que acudía a ese seminario, acudía a la par a unas reuniones hogareñas en casa de un bahá’i, y después le hacía preguntas a Mírzá Abu’l-Fadl sobre os temas que allí se hablaban (las reuniones se daban en casa de (Áqá ‘Abdu’l Karím).

Era costumbre que el clero musulmán visitase una mezquita al sur de Teherán los viernes por la tarde. Mientras Mírzá Abu’l-Fadl viajaba junto a otros sacerdotes, pararon en una herrería. El herrero, que era babí, le dijo en un tono irrisorio: "Señor mío, por su barba y turbante se ve que usted es un pedazo de sacerdote". Mírzá Abu’l-Fadl logró mantener la compostura y movió la cabeza disimuladamente para afirmar tales palabras. Entonces el herrero le dijo que tenía varias dudas acerca de distintas tradiciones de los imames. Le preguntó: "hay una tradición que dice que un ángel acompaña a cada gota de lluvia que cae, ¿Es cierta esa tradición?". Mírzá Abu’l-Fadl verificó la autenticidad de dicha tradición. Entonces el herrero le dijo: "he oído otra tradición que dice que los ángeles no entran en casas donde hayan perros, ¿es cierta esta otra?". De nuevo Mírzá Abu’l-Fadl verificó la autenticidad de esa tradición. "Entonces es imposible que llueva en una casa en la que haya perro alguno, porque las gotas vienen acompañadas por ángeles, y estos huyen de la impureza de los perros". Estas tres frases dejaron atónito a Mírzá Abu’l-Fadl, que quedó sin nada que poder decir. Fue entonces cuando le dijeron que ese hombre era un Bábí, y ahí se percató de que esas personas no eran tan ignorantes como había pensado.

El nombre del herrero era Ustád Husayn, y era de Kashán. Tras este suceso en el que se demostró la incongruencia de la aceptación literal de las tradiciones religiosas, Ustád Husayn se puso en contacto con Áqá ‘Abdu’l Karím, relatándole lo ocurrido, y éste no dejó pasar la oportunidad y comenzó a hablar con Mírzá Abu’l-Fadl cada vez que este venía a su tienda. Como en esa época decir que eres bahá’i, te conllevaba a la muerte, por lo que las personas mantenían en secreto su pertenencia. La forma que utilizó Áqá ‘Abdu’l Karím para informar a Mírzá Abu’l-Fadl sobre las creencias bahá’is fue la de contarle que cuando se encontraba en Isfahán, conoció a un vecino que era bahá’i.

Según él mismo relata, estuvo ocho meses luchando dialécticamente y haciendo grandes preguntas a distintos eruditos bahá’is de la época, manteniendo conversaciones acaloradas, muchas veces hasta el amanecer. Hablaba de esta o aquella profecía, y sobre si la venida de Bahá’u’lláh era el cumplimiento de esas profecías. Cuanto más hablaba menos argumentos le quedaban, pero no le gustaba dar su brazo a torcer. Entre los eruditos con los que mantuvo relación están Nabil-i-Akbar, Hájí Muhammad Ismáíl Dhabíh-i-Káshání y Aqá Mírzá Hiydar ‘Alí-i-Ardistání.

Un día, en una de las reuniones a las que asistía, leyó el contenido de dos tablas de Bahá’u’lláh dirigidas a las máximas autoridades otomanas, Súriy-i-Ra’ís y el Lawh-i-Fu’ad, tablas en las que Bahá’u’lláh predecía la caída del propio Sultán (Sultán ‘Abdu’l-Azíz) y de su ministro (‘Alí Pashá). Decidió que esperaría sus cumplimientos para dar por finalizada su búsqueda, y que si se cumplía, daría por finalizada su búsqueda.

Tras 5 ó 6 meses, en una mezquita, vio a dos creyentes, y decidió taparse con su túnica para que éstos no le vieran, pero ellos le vieron, y se acercaron a él, y le anunciaron que la prueba a la que supeditaba su fe había sido superada, y es que el sultán había sido destronado y asesinado, y sus ministros derrocados. Esto sacudió a Mírzá Abu’l-Fadl, quien salió corriendo de la mezquita. Ya por la tarde, Áqá ‘Abdu’l Karím y dos creyentes más fueron a su casa para relatarle más detalladamente lo ocurrido, pero Mírzá Abu’l-Fadl estaba muy enfadado y enojado, por lo que salió con un pretexto de la casa, y ya no volvió. Ellos tres se quedaron esperando un tiempo, pero al ver que no volvió, decidieron marcharse de allí. Mírzá Abu’l-Fadl necesitaba algo más de búsqueda y algo más te tiempo. Pero a partir de ese momento, congenió tanto con los bahá’is que a ojos de la gente era considerado como bahá’i.

En Kashfu’l-Ghitá, Mírzá Abu’l-Fadl relata la siguiente historia:

En el año 1876, en el tiempo en que yo mantenía contacto con los bahá’is con el propósito de estudiar sobre la Fe, mientras al mismo tiempo ejercía de director del colegio sacerdotal de Hakím Háshim, uno de los estudiantes de nombre Mullá ‘Abdu’lláh, que estudiaba también conmigo y decía creer en la nueva Fe, me comentó un día lo siguiente: su profesor de pronunciación del Corán, por el afecto que sentía hacia él, le llevaba todos los días, después de la oración del mediodía a la reunión de Mirzá Muhammad Riday-i-Hamadání, para que este erudito le convenciera de dejar a los bahá’is.

Un día, Mullá Abdu’lláh me pidió que le acompañara a este encuentro. Mi contestación a su petición fue que yo todavía me encontraba en la etapa de búsqueda en investigación, y aún no había podido decidir entre aceptar o negar la Fe, y además no creía que Mirzá Muhammad Riday-i-Hamadání tuviese más conocimiento sobre la Fe que yo. Mullá ‘Abdu’lláh y su profesor insistieron hasta que un día decidí acompañarlos.

Una tarde, acudimos a la mezquita donde Mirzá Muhammad Riday-i-Hamadání sermoneaba. Después del sermón, Mirzá Muhammad Riday-i-Hamadání, tres de sus discípulos y nosotros tres entramos en su casa. Mirzá Muhammad Riday-i-Hamadání comenzó de inmediato a hablar contra la Fe y dijo que l más importante razón que demuestra la herejía de esta gente (los bahá’is) consiste en que utilizan el término Rabb (Señor, Dios) para designar al fundador de su religión, al que llaman Rabb-i-A’lá y esto, concluyó, es puro politeísmo. Le contesté mencionándole que este término se ha usado también para referirse al amo, y cité para ello algunos versículos del Corán y algunas tradiciones extraídas del libro que Mullá ‘Abdu’lláh traía consigo. Mirzá Muhammad Rida debió pensar que yo era bahá’i pues se dirigió a mí y planteó varias cuestiones a las que yo respondí, pues ya anteriormente las había planteado yo mismo a los bahá’is y había obtenido de ellos la contestación.

Este debate duró una hora y media, hasta que él se quedó sin preguntas. Quiso saber mi nombre y Mullá ‘Abdu’lláh se lo dijo. Entonces se dirigió a mí de forma agresiva y dijo:” Mírzá Abu’l-Fadl, sepa usted que cuando Táhirih vino a Hamadán, mantuvo un debate con mi padre. Mi padre concluyó que Táhirih tenía que producir un milagro para mostrar su verdad, si no, él mismo produciría un milagro para confirmar la falsedad de ella. Ahora, tú, Mírzá abu'l-Fadl, produce un milagro para confirmar tu Fe o yo produciré un milagro para demostrar la falsedad de tu Fe”

Yo le contesté con estas palabras: “si usted no lo sabe, este Hájí Mullá Ismáíl sí que sabe que no soy un Bábí o bahá’i, ero como la venida del Prometido es un principio de la fe musulmana, es por ello que estoy investigándolo. No soy creyente bahá’i, y por tanto no tengo que producir un milagro que confirme mi fe. Siendo esto así, sería usted muy amable si produjera un milagro que demostrara su falsedad y me liberara de los quebraderos de la búsqueda”. Mullá ‘Abdu’lláh también se lo pidió. Mirzá Muhammad Rida, al ver que no había conseguido nada con su amenaza, quiso levantarse e irse, pero cogí el regazo de su túnica y le dije: “Señor, ¿adónde va y qué ha sido de su milagro?” Él se liberó su ropa de mis manos y dijo que no se refería a sí mismo, sino que había otras personas en la ciudad que podrían hacerlo y se retiró al interior de su casa.

Así y después de obtener respuesta a todas sus preguntas, una noche estuvo en su casa en comunión con Dios, suplicándole guía. Ya bien entrada la noche se levantó de la cama, reflexionó, y haciendo sus abluciones comenzó a orar. Entonces leyó algunos de los textos de Bahá’u’lláh que tenía consigo, y fue entonces cuando sus dudas se despejaron, y embargó su corazón la más profunda tranquilidad. Antes de que saliese el sol, marchó a la casa de ‘Abdu’l-Karím y se postró ante su puerta en señal de agradecimiento.

Fuente: Mírzá Abu’l-Fadl de Navid Mohabbat

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Sueño de Shaykh Ahmad

Siyyid Kázim escribe en su libro Dalílu’l-Mutahayyirín: “una noche nuestro maestro vio en sueños al Imám Hasan, ¡sobre él sea la salvación! Esta Alteza puso su bendita lengua en la boca de éste. De la adorable saliva de su Alteza, extrajo de él las ciencias y el socorro de Dops. Era de gusto almibarado, más dulce que la miel, más perfumada que el almizcle, y aún más cálida. Cuando volvió en sí tras despertar del sueño, se transmutó en lo más íntimo, irradiaba las luces de la contemplación de Dios, rebosaba en un puro desbordar de obras buenas y quedó por entero separado de todo lo que no fuera Dios. Su creencia y confianza en Dios aumentaban al tiempo que lo hacía su resignación a la Voluntad del Altísimo. Por su excesivo amor y por el deseo impetuoso que brotaba de su corazón solía olvidarse de comer y aun vestirse, excepto lo imprescindible para no morir”.

Fuente: Los Rompedores del Alba, pág 136

La vida de Bahá'u'lláh

Bahá'u'lláh, cuyo nombre significa en árabe "La Gloria de Dios", nació el 12 de noviembre de 1817 en Teherán. Era hijo de Mirzá Buzurg-i-Núrí, un acaudalado ministro del Gobierno. El nombre de Bahá'u'lláh era Husayn-'Ali y el origen de Sus ancestros se remontaba a las grandes dinastías del pasado imperial. Durante Su juventud Bahá'u'lláh disfrutó de una vida principesca y de una educación centrada en la equitación, la esgrima, la caligrafía y la poesía clásica.

En octubre de 1835, Bahá'u'lláh contrajo matrimonio con Ásíyih Khánum, hija de otro noble de quien tuvo tres hijos: un varón, 'Abdu'I-Bahá, nacido en 1844; una hija, Bahíyyih, nacida en 1846; y otro varón, Mihdí, nacido en 1848.

Bahá'u'lláh, tras declinar la carrera ministerial que tenía ante Sí, escogió consagrar todas Sus fuerzas a la beneficencia, lo que ya a comienzos de la década de 1840 le valió ser conocido como "Padre de los pobres". En 1844 esta existencia privilegiada cambió repentinamente de signo: Bahá'u'lláh se había convertido en uno de los grandes defensores del movimiento babí.

El movimiento babí, precursor de la Fe Bahá'í, barrió Irán como un torbellino, atrayendo sobre sí la persecución feroz del clero. Tras la ejecución de su Fundador, el Báb, Bahá'u'lláh fue arrestado para ser conducido, encadenado y a pie, hasta Teherán. Allí algunos cortesanos y clérigos influyentes solicitaron la pena de muerte. Pero la vida de Bahá'u'lláh quedó a resguardo gracias a Su reputación personal, la posición social de Su familia y las protestas de algunas embajadas occidentales.

Por consiguiente, fue arrojado al infame "Pozo Negro" (Siyah-Chal, en persa). Las autoridades confiaban en que este castigo acabase con Su vida. No fue así. Aquella mazmorra se convirtió en la cuna de una nueva revelación.

Bahá'u'lláh pasó cuatro meses en el Pozo Negro. Fue allí donde llegó a conocer el alcance de Su misión. "Yo no era más que un hombre como los demás, recostado en su lecho, cuando he aquí que las brisas del Todoglorioso Me embargaron y Me instruyeron en el conocimiento de todo cuanto ha sido". "No es esto algo que proceda de Mí, sino de Quien es el Todopoderoso y el Omnisciente. Y Él me ordenó que alzara la voz entre el cielo y la tierra ( .. ) ".

Bahá'u'lláh dejó la mazmorra para emprender un exilio que Le llevaría fuera de Su tierra natal y que habría de durar cuarenta años. Su primer destino fue Bagdad. Al cabo de un año Bahá'u'lláh emprendió el camino hacia las desoladas montañas del Kurdistán, en donde vivió dos años de meditación solitaria.

Este período recuerda en muchos aspectos la reclusión de los Fundadores de otras religiones: las caminatas de Buda, los cuarenta días y noches de Cristo en el desierto, y el retiro de Muhammad en la cueva del Monte Hira.

En 1856, a instancias de los exiliados babíes, Bahá'u'lláh regresaba a Bagdad. Bajo Su jefatura renovada, el prestigio de la comunidad babí empezó a crecer. La reputación de Bahá'u'lláh como guía espiritual se divulgó por toda la ciudad. Por ello, y temiendo que Su popularidad reenardeciese los ánimos de la comunidad babí de Persia, el Gobierno del Shah logró que las autoridades otomanas dieran orden de enviarlo a tierras aún más distantes.

En abril de 1863, antes de abandonar Bagdad, Bahá'u'lláh y Sus compañeros acampaban en un jardín situado a la vera del Tigris. Desde el 21 de aquel mes hasta el 2 de mayo, Bahá'u'lláh proclamó a los babíes de su entorno que Él era el Prometido predicho por el Báb y, de hecho, por las Sagradas Escrituras de la humanidad.

El jardín recibiría el nombre de "Ridván", palabra que en árabe significa "paraíso". El aniversario de los doce días allí transcurridos, conocidos como "la Fiesta de Ridván", constituye la celebración más gozosa del calendario bahá'í.

El 3 de mayo de 1863, rodeado de Su familia y algunos compañeros escogidos, Bahá'u'lláh partió de Bagdad camino de Estambul, capital del Imperio Otomano. En aquel momento Bahá'u'lláh era ya una figura que gozaba de enorme prestigio y afecto popular. Los relatos procedentes de los testigos oculares nos han dejado una descripción conmovedora de la partida, donde se mezclan las lágrimas de los espectadores y el tributo de honor que le rindieron las autoridades.

Al cabo de cuatro meses de estancia en Estambul, Bahá'u'lláh fue enviado en calidad de prisionero a Adrianópolis (la actual Edirne), adonde llegó el 2 de diciembre de 1863. En el curso de los cinco años que permaneció en dicha ciudad, la reputación de Bahá'u'lláh no dejó de extenderse, como bien prueba el intenso interés que suscitó Su persona entre los círculos de estudiosos, diplómaticos y altos funcionarios de la administración.

Hacia septiembre de 1867 Bahá'u'lláh empezó a escribir una serie de epístolas dirigidas a los dirigentes de la época, entre ellos, el emperador Napoleón III, la reina Victoria, el káiser Guillermo I, el zar Alejandro II de

Rusia, el emperador Francisco José, el papa Pío IX, el sultán Abdul-Aziz y el shah de Persia Nasirid-Din.

En ellas, Bahá'u'lláh proclama abiertamente Su condición y habla del advenimiento de una nueva era. Pero, antes que nada, advierte que el orden social del mundo iba a sufrir trastornos catastróficos sin parangón. A fin de paliarlos -es Su apremiante mensaje- los gobernantes del mundo debían conducirse con justicia. Apeló a estos grandes mandatarios para que redujeran sus arsenales y estableciesen cierta asociación de naciones. Para alcanzar una paz duradera sólo cabía un remedio: actuar conjuntamente contra la guerra.

Ante las instigaciones continuas de la embajada persa, el Gobierno turco decidió deshacerse de Bahá'u'lláh enviándolo a la fortaleza-prisión de Acre (la antigua San Juan de Acre, Palestina, provincia de Siria). Por aquel entonces Acre era un remoto confín al que solían ser enviados los asesinos, asaltantes de caminos y disidentes políticos. Era una ciudad amurallada, de callejuelas estrechas y casas de aspecto desolador; carecía de agua limpia y su aire, según la descripción popular, era tan hediondo que al aspirarlo incluso las aves caían del cielo.

Fue en este paradero adonde vinieron a recalar Bahá'u'lláh y Su familia el 31 de agosto de 1868 en lo que sería tramo final de su prolongado exilio. Los 24 años subsiguientes habrían de transcurrir entre Acre y sus alrededores. Al principio Bahá'u'lláh y Sus compañeros estuvieron confinados en el recinto de la prisión. Más tarde se les permitió el traslado a una casa dentro de la ciudad donde vivieron en condiciones de hacinamiento. Dada su fama de herejes peligrosos, su presencia era objeto de la animosidad pública. Incluso sus hijos debían lanzarse a la fuga para evitar ser apedreados.

Con el paso del tiempo, el espíritu de Bahá'u'lláh y Sus enseñanzas lograron hacer mella en medio de tanta hostilidad, al punto de que algunos de los gobernadores y clérigos de la ciudad llegaron a convertirse en devotos admiradores suyos. Al igual que aconteció en Bagdad y Adrianópolis, la talla moral de Bahá'u'lláh fue haciéndose acreedora del respeto, afecto e incluso de una posición de preeminencia social.

Acre fue además el lugar donde Bahá'u'lláh compuso su obra capital, más conocida entre los bahá'ís por su denominación persa, el Kitábi-Aqdas (El libro más sagrado). En ella se describen brevemente las leyes y principios esenciales que han de seguir Sus seguidores; asimismo en la obra quedan trazadas las líneas maestras de la administración bahá'í

En los últimos años de la década de los 70, Bahá'u'lláh quedó en libertad de trasladarse a vivir fuera del recinto amurallado, en un lugar donde Sus seguidorespodían visitarle con relativa paz y seguridad. Bahá'u'lláh fijó su residencia en una mansión abandonada, conocida como Bahjí, en cuyo retiro pudo dedicar Sus días a la escritura.

Bahá'u'lláh falleció el 29 de mayo de 1892. Sus restos fueron inhumados en una habitación ajardinada contigua a la mansión. Para los bahá'ís éste es el lugar más sagrado de la tierra.


Extracto tomado de la revista "los Bahá'is"

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